Mis hijos,
Yo soy la Inmaculada Concepción, y deseo darles guía en su camino de fe.
La vida cristiana debe estar siempre orientada hacia la espera de Cristo. Por esta razón, los invito a vivir en confianza y con gran esperanza. Déjense llevar a los brazos de su Padre Celestial con abandono filial; entonces cada día de este tiempo doloroso lo vivirán ustedes con serenidad y alegría, porque los sufrimientos del presente no se comparan con la gloria que les espera cuando Cristo se revele ante ustedes.
Hoy Mi Corazón sangra al ver cómo las Comuniones sacrílegas se extienden cada vez más, debido a los muchos que se acercan a recibir a Jesús en la Eucaristía estando en estado de pecado mortal, sin confesarse. Que sus almas, por lo tanto, se llenen de gracia y santidad, para que puedan recibir dignamente a Jesús cuando Él se entrega a ustedes en el Sacramento de Su Amor.
Abran las puertas a Cristo.
Abran las puertas de sus corazones, para que puedan darle la bienvenida con la fuerza de su amor.
Jesús los conduce a la perfección del amor; por esta razón, les pido que lo reciban con el mismo amor que Él siente por ustedes.
Ahora los bendigo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Reflexión sobre el mensaje:
Nuestra Señora viene a nosotros hoy con uno de Sus títulos más hermosos, la Inmaculada, precisamente para instarnos a imitarla en un modo de vida sin mancha.
El amor entre dos personas que se aman nunca puede ser desigual; por esta razón, María nos invita a amar la perfección, a amar a Jesús con el mismo amor con el que Él nos ama.
Este mensaje es una invitación a levantar nuestros ojos al cielo, para recordarnos nuestro verdadero destino: el Paraíso.
Y así, aunque hoy vivamos abrumados por las penas, ¿qué son ellas comparadas con la alegría que nos espera cuando veamos a Jesús?
Repitamos también lo que San Francisco de Asís dijo con alegría: “Tan grande es el bien que espero, que cada pena me resulta un deleite”.
Fuente: ➥ LaReginaDelRosario.org